No Calia Carregar la Vida amb un Excés de Pes // Col·lectiva a la Sala Àmbits de l’Ajuntament de Cambrils // 2016

Requerir una conexión neuronal de forma reiterada, con el ánimo de que aquel suceso nos sea revelado en cualquier momento al mundo consciente parece ser una de las estrategias de la memoria. Por otra parte un solo impacto emocional ligado a un suceso extraordinario, activador de partes del organismo que desconocíamos hasta ese momento también aparece como un mecanismo activador de la memoria. Algo de esto debía saber Lee (James Francis Bacon Lee) cuando la mañana del 12 de octubre de 1977 decidió convocar a su estudio a todos los compañeros de The Farm, así llamaban a los 12.254 m2 destinados a la creación artística situado en las orillas del Duwamish. Aunque todo hacia presagiar lo que allí acontecería, nadie interviene, el respecto por el performer es unánime, aunque esto llevara a Lee a perder la vida ahorcado en su última y mejor obra “Final balancing, a job for memory”.

A mucha distancia de Lee, se nos invita ahora a reflexionar sobre la memoria desde la plasticidad de la misma, la vivencia como una sucesión de huellas insistentes, recurrentes a veces monótonas, otras caóticas pero todas, por contradictorio que parezca, organizadas; destinadas a ser almacenadas en huecos espacios sonoros, en estancias de extrema fragilidad, transparentes, claras e incompresibles.

Conscientes de nuestro inevitable comportamiento inmoral, reprimimos recuerdos penosos, y otros los modificamos a nuestro antojo con el fin de elevar la imagen que de nosotros mismos proyectamos al mundo exterior. No toda la información que nos otorga gratuitamente la vida es de utilidad para el individuo que la transporta. Hechos inútiles, o algunos con alta sobrecarga emocional son despachados de nuestro almacén consciente, recurrimos constantemente a la simplificación tímbrica, no todo pasará al espacio oficial del recuerdo.

Una secuencia de huellas sobre material blando pero perenne, una secuencia de una similitud casi idéntica, sobre la cual destacan los antojos que para el consciente de la artista se nos quieren revelar, la familia como espacio permanente de la reflexión del YO.

Parece ser que lo que nos separa del resto de los seres vivos es nuestra capacidad de pensamiento cuyo principal recurso disponible es el leguaje, en la obra “Montserrat i Salvador” se tejen con plastilina estos dos vocablos por encima de una sucesión de blancas huellas,  dejando constancia de la diferencia en importancia que adquiere para la artista cualquier huella memorística con respecto de la que dejaron sus padres, de manera inevitable sus nombres fueron mencionaros, miles y miles de ocasiones, en todas ellas generaron sinopsis neuronales de tal profundidad que ahora destacan de forma clara sobre el fondo plástico de la conciencia.

Igual que la Magia no es un milagro sino mas bien un conjunto de trucos escénicos, nuestra conciencia son un montón de trucos del cerebro.

Kandi Álvarez